Antes, Abraham no podía tener hijos, pero Dios hizo algo increíble: le dio una descendencia muy grande, como una multitud de pueblos. Y es bonito pensar que nosotros también formamos parte de esa familia, porque gracias a la fe de Abraham, nosotros también hemos llegado a creer.
Dios hizo una alianza con Abraham basada en tres cosas: una descendencia, una tierra y, sobre todo, una relación especial con Él. Dios le dijo: ?Yo seré tu Dios y el de tu descendencia? (cf. Gn 17,7).
Aunque lo más visible era tener hijos y una tierra, lo más importante era esa relación con Dios. Eso es lo que permanece para siempre.
Nosotros no somos descendientes de Abraham por sangre, ni vivimos en su tierra. Pero sí hemos recibido lo más importante: el amor y la bendición de Dios, que comenzaron con Abraham y se cumplen plenamente en Cristo.
La verdadera descendencia de Abraham es, sobre todo, Jesús. Desde el principio, todo apuntaba hacia Él, aunque Abraham no lo entendiera del todo.
Todo preparaba su llegada, todo lo esperaba. Porque solo Jesús puede sostener lo que se cae, sanar lo que está herido y dar vida a lo que muere.
Jesús existía desde siempre. Él mismo dijo: ?Antes de que Abraham existiera, Yo Soy? (Jn 8,58).
Desde antes de todo, ya nos amaba y quería venir a salvarnos. Sin Él, el mundo anda a la deriva; con Él, se convierte en un lugar de paz y vida.